Cada septiembre, México vuelve la mirada hacia 1810 para recordar el momento en que comenzó el proceso que habría de conducir a su Independencia, acontecimiento fundacional de nuestra vida nacional que, como ocurre con toda conmemoración histórica, ofrece también la oportunidad de preguntarnos qué significa hoy aquello que hace más de dos siglos comenzó como una lucha por dejar de estar sujetos a una autoridad externa. La pregunta resulta especialmente pertinente en un mundo globalizado en el que ningún país puede considerarse completamente autosuficiente y en el que la capacidad de decidir sobre el propio destino depende cada vez más de factores geopolíticos que trascienden fronteras.
La independencia del siglo XIX tenía un significado esencialmente político: dejar de estar bajo el dominio de una potencia extranjera y constituirse como una nación soberana. La realidad del siglo XXI es distinta. México es una economía profundamente vinculada con Estados Unidos, forma parte de cadenas productivas globales, depende del comercio internacional, recibe inversión extranjera, importa tecnología, participa en organismos multilaterales y enfrenta fenómenos como la migración, el cambio climático, la seguridad y la inteligencia artificial que ningún Estado puede afrontar por sí solo. La interdependencia no es una anomalía, sino una de las características centrales del mundo contemporáneo. Por eso, ser independiente ya no significa pretender no depender de nadie, sino conservar la capacidad de decidir aun cuando existan sujeciones, intereses compartidos y presiones externas. La soberanía contemporánea no se expresa únicamente en la defensa territorial o en la ausencia de intervención extranjera. También se construye a partir de la fortaleza económica, la capacidad tecnológica, la seguridad, las instituciones, el fortalecimiento del Estado de Derecho y la posibilidad de que las decisiones nacionales respondan al interés público.
El debate actual alrededor del T-MEC ofrece un ejemplo evidente. México necesita preservar una relación económica fundamental para su desarrollo, pero al mismo tiempo defender sus intereses en la negociación. La interdependencia obliga a dialogar, negociar y encontrar acuerdos, pero no elimina la necesidad de contar con una posición propia. La verdadera soberanía no consiste en cerrar las puertas al mundo, sino en tener la capacidad de sentarse a la mesa con suficiente fortaleza para defender aquello que se considera fundamental. Lo mismo ocurre hacia el interior. La soberanía también depende de la capacidad del Estado para garantizar seguridad, hacer cumplir la ley, proteger las instituciones y asegurar que los ciudadanos puedan ejercer plenamente sus derechos. Un país puede ser jurídicamente independiente y, sin embargo, ver limitada su capacidad de decisión si existen territorios donde la autoridad pública es débil, si la violencia condiciona la participación política o si intereses ilegales pretenden influir en los procesos electorales. El inicio del proceso electoral de 2027 coloca nuevamente esta dimensión de la soberanía en el centro de la discusión nacional.
También las finanzas públicas forman parte de esta ecuación. El Paquete Económico 2027 no es solamente una propuesta de ingresos y gastos, sino que expresa los márgenes reales con los que cuenta el Estado para atender sus responsabilidades, invertir, impulsar el crecimiento y enfrentar contingencias. En un entorno internacional de mayores costos financieros, las decisiones económicas dejan de ser exclusivamente técnicas y adquieren una dimensión de autonomía nacional. Un Estado con poco margen fiscal tiene menos capacidad para responder ante una crisis o modificar el rumbo cuando las circunstancias lo exigen. Quizá por eso la pregunta que deberíamos hacernos este septiembre no sea únicamente qué significa ser independientes, sino qué necesitamos hacer para seguir siéndolo en las condiciones del mundo actual. La respuesta no puede encontrarse en el aislamiento, porque ningún país puede prosperar de espaldas a la realidad internacional. Tampoco en la subordinación, porque la cooperación pierde sentido cuando implica renunciar a la capacidad de decidir.
Hace más de doscientos años, la Independencia significó conquistar el derecho a decidir nuestro destino. Hoy, en tiempos de interdependencia, el desafío consiste en conservar las condiciones para ejercerlo plenamente.