Los sucesos en torno al fallido regreso al gobierno de Sinaloa por parte de quien pidió licencia para separarse del cargo, Rubén Rocha Moya, dan cuenta de una decisión torpe, y de un proceso político marcado por una brutal improvisación, al grado de merecer un intento de corrección apenas iniciado el regreso del exgobernador a la responsabilidad para la que fue electo para el periodo 2021-2027, solo para tener que declinar, en unas cuantas horas, de esa pretensión.
El signo de la administración moyista, desde su origen, ha estado marcada por el peso del narcotráfico lo que, en buena medida, delineó su futuro, pues los actos de violencia criminal no cesaron durante toda la administración; otro factor decisivo en la gestación de la fase estelar de su carrera, se relaciona con los profundos vínculos que sostuvo con Andrés Manuel López Obrador, quien decidió su arribo a la candidatura a la gobernatura sinaloense por parte de Morena.
Se encuentran claramente correlacionadas las figuras de López Obrador y de Rocha Moya, así como el amplio despliegue que observó la actividad del narcotráfico en la gestión gubernativa de este último. Dentro de ese contexto, genera muchas dudas, por decir lo menos, la cobertura y protección de la que gozó el exgobernador sinaloense -cuando se separó de tal responsabilidad- por parte de su partido y que también tomaron los gobiernos que de él emanaron; a su vez, el contraste de la postura que después asumió el oficialismo al intentar regresar a ella.
Cuando tuvo lugar la primera separación, los dichos y posturas de distintas personalidades morenistas resultaron contrastantes respecto de la asumida, por ellos mismos, cuando Rocha Moya intentó su efímero retorno para presidir el gobierno estatal. ¿Qué cambió entre uno y otro momento?, especialmente si se supone que la determinación tomada en ambos casos fue de carácter personal y de que la Fiscalía de la República no dispone de elementos que acrediten la comisión de delitos de parte suya.
La respuesta es que la ponderación política que ha hecho el morenismo, respecto de ese caso, ha experimentado una clara modificación y que ahora se estiman altos costos sobre lo que podía representar tal retorno, ¿y el obradorismo? Dónde quedó esa rotunda y enfática declaración que el expresidente hiciera en 2024 para declarar: “¡no está solo!, …Rocha es como mi hermano”. Pero ahora y no obstante la amplia cobertura que lo envolviera, parece estar aislado y sin la protección política de la que hace apenas poco tiempo gozó.
Sin duda que López Obrador fue el autor del respaldo y del impulso que tuvo el sinaloense para llegar y sostenerse en el gobierno, pero hoy ese apoyo o bien se ha debilitado o, en su defecto, ha mermado la influencia que llegó a tener. Muy probablemente fue el soporte de que dispuso el gobernador con licencia para intentar la recuperación de su cargo y, todo indica, que esa base ya no tiene la sostenibilidad de antes.
Dentro de esa lógica queda exhibido el desgaste y el desplazamiento que experimenta el Maximato lopezobradorista. Hace recordar que Maximato y presidencialismo no son compatibles y que son antagónicos; si uno está presente el otro queda excluido y viceversa.
De hecho, el presidencialismo mexicano o hiperpresidencialismo surgió de la confrontación entre el Maximato representado por Plutarco Elías Calles y la decisión del presidente Lázaro Cárdenas por confrontarlo y derruirlo, después de quedar probado que la convivencia entre ambos había sido fallida, muy a pesar de los acuerdos que habían alcanzado y después de entreverar cuadros callistas y cardenistas en el equipo de gobierno del michoacano.
El carácter unipersonal del cargo presidencial se opone a la pretensión de colegiar la responsabilidad que entraña con otra figura, por importante que sea; todavía más, acredita el riesgo de que si esa otra figura ejerció la supremacía política y mantiene correas de transmisión que le permite detentar una estructura real de poder, acaba amenazando con subordinar a la propia presidencia.
El intercambio epistolar que sostuvieron Cárdenas y Calles, así como testimonios de la primera etapa respecto de los vínculos entre ambos, hablan de que poco faltó para que el primero reconociera como su papá al segundo, y que éste le dijera hijo a aquél; pero las implicaciones de la política tienden a introducir otros elementos en las relaciones inmersas en la dimensión del ejercicio del poder.
Así las diferencias que escenificaron ambos personajes tuvieron severas manifestaciones políticas, y acabaron por construir las bases de un presidencialismo que en el sistema político mexicano implicó que éste primara sobre los otros poderes y estructuras de poder. Asociada esa primacía al predominio asegurado del partido gobernante y del peso que a través de ello se alcanzaba en el Congreso federal, en los congresos locales y en la conformación de los gobiernos estales, esta tuvo como efecto lo que Jorge Carpizo señalara como facultades metaconstitucionales del presidente.
Ni qué dudar que en esta etapa de la llamada 4T se ha escenificado un retorno a ese viejo presidencialismo extremo, pero también que en el papel que deja entrever el expresidente López Obrador se refleja el añejo Maximato. El curso errático y vergonzoso que ha tenido lugar la trama de la separación incierta de Rocha Moya al gobierno de Sinaloa parece encontrar ahí su mejor explicación. El camino sinuoso para remover al gobernador de Sinaloa y para nombrar por segunda vez a quien lo sustituye, todo indica que es la expresión de la crisis que vive el Maximato obradorista.