Este martes tendrán lugar en Estados Unidos las elecciones intermedias, justo dos años después de que inexplicablemente el pueblo norteamericano le diera un segundo mandato a Donald Trump, el cual llegó recargado y ensoberbecido, con las consecuencias que el mundo conoce.
Esta vez, la historia podría ser distinta, pues si hace dos años los electores no sólo le dieron el poder a Trump, sino que además le otorgaron la mayoría en ambas cámaras del Congreso, ahora esa correlación de fuerzas probablemente se revertirá.
Las últimas encuestas publicadas antes de los comicios les dan una victoria a los demócratas sobre los republicanos por hasta cerca de diez puntos porcentuales. Que esto se concrete está por verse, pues tradicionalmente en estos ejercicios estadísticos se produce un sesgo a favor de los demócratas que a la hora de contar los votos reales se reduce por varios puntos.
El fin de semana, además, el cisma producido en el partido demócrata en el estado de Michigan, entidad donde además se elegirá al gobernador, con una congresista de ese partido que se pasó a la campaña del candidato a senador de los republicanos, podría alterar por lo menos regionalmente la tendencia prevista.
De todos modos, es posible pronosticar una mayoría demócrata holgada en la Cámara de Representantes y un equilibrio más cerrado en el Senado, pero igualmente a favor de ese partido.
Aunque la presidencia no está en juego, estos comicios son, al igual que en otras naciones, una evaluación ciudadana del partido y el personaje en el poder, y a Trump las cosas no le han ido muy bien con sus compatriotas. Su popularidad ha venido a menos y actualmente ha caído a su mínimo histórico, ronda apenas los 33 puntos, un tercio de la opinión pública.
Sin tener esto en cuenta, el mandatario norteamericano encabeza personalmente las campañas de su partido, aunque por las cifras mencionadas tendría que evaluarse si su figura le suma o le resta sufragios a sus candidatos.
La inflación al alza y en particular el alto costo de los combustibles, así como el empantanamiento de la intervención militar en Irán, figuran entre las causas del descontento de los ciudadanos de esa nación.
De perder como es casi seguro el control del Congreso, a Trump le será más complicado sostener su estilo atropellado de gobernar, y enfrentará no sólo la oposición legislativa, sino la posibilidad de que desde ese poder se cuestionen e investiguen desde sus acciones de gobierno hasta los negocios y el enriquecimiento acelerado en estos años del presidente, sus socios y cercanos.
En ese probable escenario, el mundo también podrá respirar con mayor tranquilidad. México en particular, podría dejar de ser la piñata de la Casa Blanca, para usar la repetida expresión de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Sobre éstas y otras secuelas podremos reflexionar en los siguientes días.