Este lunes, recordemos que el 21 de mayo, Morena presentó una iniciativa para reformar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y permitir la nulidad de elecciones en México cuando exista “intervención extranjera”.
La propuesta fue impulsada por MORENA y presentada por Ricardo Monreal y respaldada públicamente por Claudia Sheinbaum bajo el argumento de “defender la soberanía nacional”, un discurso que inevitablemente recuerda a José López Portillo cuando juró entre lágrimas que defendería al peso “como un perro”… y todos sabemos cómo terminó aquella tragicomedia nacional.
Y no nos hagamos tontos.
Esto no es una reforma para proteger la democracia. Es una reforma para proteger a Morena de una posible derrota.
Porque el oficialismo ya entendió algo: el problema ya no es la oposición. Los problemas son la corrupción de los políticos morenos vinculados al narco.
Las acusaciones de corrupción, los señalamientos sobre presuntos vínculos entre políticos morenistas y grupos criminales, las investigaciones periodísticas, los escándalos locales y las crecientes presiones desde Estados Unidos empiezan a convertirse en una bomba política rumbo a 2027 y 2030.
Y cuando un partido siente que el piso electoral se le empieza a mover, hace lo que históricamente hacen los regímenes nerviosos: intenta controlar las reglas antes de perder el control de las urnas.
Por eso esta iniciativa huele más a pánico preventivo que a patriotismo.
Porque bajo el concepto ambiguo de “intervención extranjera” cabe absolutamente todo.
¿Un reportaje incómodo publicado en Estados Unidos? Intervención extranjera.
¿Una investigación internacional sobre narcotráfico y financiamiento político? Intervención extranjera.
¿Presiones diplomáticas por temas de seguridad? Intervención extranjera.
¿Una elección perdida por Morena? Seguramente también intervención extranjera.
La jugada es grotescamente transparente: construir desde hoy la narrativa legal para impugnar mañana cualquier resultado adverso.
Y Morena sabe que tiene con qué hacerlo.
Tiene mayoría legislativa. Tiene influencia sobre organismos electorales como el INE y los OPLES. Tiene tribunales cada vez más dóciles al poder. Tiene fiscalías selectivas y una maquinaria propagandística que convierte cualquier crítica en “complot internacional”.
La ironía es brutal.
El partido que prometió acabar con la mafia del poder terminó construyendo un sistema obsesionado con blindarse del voto ciudadano.
Porque esta reforma no nace de la fortaleza de Morena.
Nace del miedo.
Miedo a que la violencia, la corrupción, el desastre administrativo y los escándalos terminen alcanzándolos electoralmente.
Miedo a que las denuncias internacionales sigan creciendo.
Miedo a que el obradorismo descubra, demasiado tarde, que ganar elecciones no es lo mismo que conservar legitimidad.
Y sobre todo, miedo a descubrir que el crimen político más peligroso para Morena no viene del extranjero.
Viene desde adentro. Viene de ellos mismos.