Llegamos al primer cambio de tercio del sexenio, y toca hacer un corte de caja.
Claudia Sheinbaum ha gobernado hasta aquí como quien camina sobre un alambre: con método, con prudencia, sin movimientos bruscos. Consolidó su mandato, amplió sus márgenes de autonomía frente a las presiones internas de su propio movimiento y sorteó, no sin roces, las presiones externas. Hasta ahora, el equilibrio le ha funcionado. La pregunta que vale la pena hacerse hoy es si ese mismo equilibrio, que ha sido su fortaleza, puede convertirse en debilidad justo en la etapa decisiva que viene.
Porque equilibrar no es lo mismo que resolver. Se puede sostener el balance de un gobierno durante meses, incluso años, sin que eso signifique que los problemas de fondo se están atendiendo. Y ahí es donde entra la pregunta incómoda que le planteó Margarita González: ¿en qué ha fallado la presidenta? ¿Realmente le ha cumplido a los mexicanos, y en particular a los morelenses?
La respuesta honesta es que su gestión ha sido de luces y sombras. Empecemos por las luces. Sheinbaum ha logrado algo que no es menor: mantener la gobernabilidad en un país donde las fracturas —el crimen organizado, la relación con Estados Unidos, las tensiones dentro de su propia coalición— podrían haber desbordado a cualquier otro perfil. Ha sabido administrar el capital político heredado sin dilapidarlo de golpe, y ha dado señales de que su estilo de gobernar será más técnico, más discreto, menos dado al golpeteo cotidiano que caracterizó a la administración anterior.
Pero ahí también empiezan las sombras.
Porque ese mismo estilo prudente puede leerse, y de hecho se está leyendo en Morelos y en buena parte del país, como ausencia de rumbo propio. La pregunta que le hacen a la presidenta no es si sabe equilibrar, sino hacia dónde está llevando ese equilibrio. Y en temas centrales —la violencia que no cede, la relación desigual con Washington, la falta de resultados tangibles en la vida cotidiana de la gente— el balance todavía no se traduce en soluciones concretas.
Aquí en Morelos esa distancia se siente todavía más. La entidad sigue esperando señales claras de la Federación en materia de seguridad, de inversión, de coordinación real con los gobiernos locales. Y cuando la prudencia presidencial se traduce, a nivel estatal, en silencio o en respuestas genéricas, la ciudadanía no lo interpreta como método: lo interpreta como distancia.
El riesgo de fondo es este: el equilibrio funciona como estrategia de consolidación en el arranque de un gobierno, cuando lo urgente es no cometer errores y ganar tiempo. Pero en la etapa que viene, la que decide si un sexenio se recuerda por transformar algo o por simplemente haber transcurrido sin sobresaltos, ese mismo equilibrio empieza a pedir un nombre, un rumbo, una decisión. Ya no basta con no caerse del alambre. Hay que decir hacia dónde se camina.
Sheinbaum tiene, todavía, el margen para definir ese rumbo. Su fortaleza ha sido no romper los balances de gobierno; su próxima prueba será demostrar un que ese equilibrio no es un fin en sí mismo, sino la plataforma desde la cual va a resolver lo que hasta ahora solo ha administrado. Ahí está la verdadera pregunta para lo que viene: si a partir de aquí gobierna para sostenerse, o gobierna para transformar.
Y esa respuesta, con toda seguridad, no la vamos a encontrar en un discurso. La vamos a encontrar en los hechos de los próximos meses.