Con cierta frecuencia se cita un pensamiento que se atribuye a Voltaire que señala “[…] puedo estar en contra de lo que piensas, pero estaría dispuesto a dar la vida por el derecho que te asiste de decirlo”. La idea que ahí se postula es impecable en la ruta de preservar la posibilidad de expresar, sin cortapisas, opiniones que son el fundamento de una vida pública caracterizada por su vitalidad, que se nutre del ejercicio de las libertades y de la cual emana un sólido régimen democrático, que a su vez se corresponde con una amplia cultura cívica.
El nexo que vincula libertad de opinión, libertad de expresión, democracia deliberativa, república representativa, pluralismo político, capacidad de disentir, generación de acuerdos, respeto y contribución de los disensos, vida democrática, construcción de ciudadanía, participación ciudadana, rendición de cuentas, derecho a la información, ejercicio del voto, derechos de las minorías, democracia directa, iniciativa popular, referéndum, plebiscito, derecho de réplica y derecho de petición, está esencialmente amalgamado dentro de un armaje que los integra y unifica.
La piedra angular de ese gran armaje es la libertad de expresión, precisamente por eso, los regímenes que miran hacia el autoritarismo o que abrazan a las dictaduras regularmente inician por restringir la libertad de opinión y perseguir a los opositores; intimidan a los que piensan diferente y hacen uso de los recursos del Estado para alinear las posiciones de los distintos grupos, las de opinadores, comentaristas y medios de comunicación, para anularlos y reducirlos a la postura oficial.
Conforme a ello, se construye la imagen de un gran liderazgo popular que se manifiesta en magnas concentraciones y de culto a quien detenta el poder, para así considerarlo como el mejor intérprete del sentir popular, al grado de descalificar otras intermediaciones alternas; los partidos políticos, liderazgos ciudadanos, la vida parlamentaria y todo tipo de organizaciones autónomas son combatidas y sujetas a un perseverante hostigamiento.
Es la voz del Kaiser, del Duce o la de quien ejerce la presidencia, la única considerada con la máxima calificación para expresar las aspiraciones de la sociedad, y de su traducción en la política del Estado y que son el fundamento de los programas del gobierno; por eso el pluralismo es innecesario y hasta hostil, de ahí que los instrumentos que este tiene para manifestarse son diezmados y hasta eliminados; se nulifica al Congreso, se debilitan y desaparece a los partidos políticos y se unifica la opinión de la sociedad a la manera de un magno mitin donde todas las posturas están acordadas, considerándose atentatoria la discordancia.
Dentro de esa perspectiva surge un aparato de difusión poderoso en donde la voz oficial adoctrina; así ocurrió con Mussolini y con Hitler, pero también con Hugo Chávez con su programa diario de radio (Aló Venezuela), o con Fidel Castromediante la transmisión reiterada de sus discursos y alocuciones, con la tarea de discutir en los comités de defensa los pronunciamientos del “comandante” y a través del Granma como órgano oficial del partido, instruir e ideologizar.
La revisión de estos aspectos conduce, necesariamente, a encontrar paralelismos: Hugo Chávez llegó a decir “[…] yo a no me pertenezco porque le pertenezco al pueblo”. Otro tanto y de forma idéntica declaró Andrés Manuel López obrador siendo presidente de la República. Es evidente que las coincidencias no resultan fortuitas, sino que forman parte de un método que los unifica como proyecto y método político en la tesitura de un autoritarismo populista. Desde esos tiempos en que iniciaba la llamada 4T comenzaron también las mañaneras, que pueden entenderse como remedo del “Aló Venezuela” en su sentido de instrumento básico de comunicación del chavismo, pero que se realiza en un ambiente controlado y, evidentemente, básicamente acordado.
Dentro del menú de medidas que regularmente implanta un régimen de origen democrático pero que se asume en la línea de transformación autoritaria, se encuentra la introducción de medidas que inhiben, regulan o someten la libertad de expresión, puesto que a medida que los desplantes autoritarios desgastan la legitimidad del régimen, se requiere dominar y someter a las opiniones discordantes.
A través de la historia, todos los proyectos autoritarios han instrumentado medidas para controlar o inhibir la libertad de expresión, de modo que no sorprende el anuncio que ahora hace el gobierno morenista respecto de llevar a cabo una consulta para legislar sobre el derecho de las audiencias. Bajo ese pretexto se perfila un dominio mal encubierto sobre el ejercicio de la libertad de expresión.
Se dice que se trata de una consulta, pero, lamentablemente, las que ha impulsado el gobierno han sido un falso instrumento de búsqueda de acuerdos y consensos, convirtiéndose, por el contrario, en un mecanismo mal disimulado para implantar la visión del oficialismo, tal y como sucedió con la reforma judicial, cuyos foros de parlamento abierto fueron una mascarada, o como ha sucedido en la falsificación del debate parlamentario dominado por un torneo de intervenciones que rehúsan la auténtica deliberación y discusión.
Los mecanismos sancionadores y de identificación de contenidos falsos, descontextualizados o incorrectos que ya se perfilan como temas de la consulta, sin duda que apuntan a una pretensión de homogenizar la información, desproveerla de matices, vaciarla de contenido analítico y convertirla en una reproducción de boletines oficiales. Una especie de corriente positivista en materia de comunicación que hará prevalecer la versión oficial.
El camino no es nuevo, se inserta en la ruta de los autoritarismos populistas. Se invierte el aforismo de Voltaire para poder estar en contra de lo que dices y poder garantizar que no lo expreses.