Amainada la euforia futbolera en México luego del resultado del pasado domingo contra la selección inglesa, el país regresa a su realidad cotidiana, aunque la experiencia de las pasadas semanas ha dejado una huella y dará lugar a reflexiones múltiples en el futuro inmediato.
Es indudable el avance del equipo mexicano en el deporte de las patadas, muy superior al de episodios anteriores, y desde luego muy por encima de la época en que se llegó a conocer al once mexicano como los “ratoncitos verdes”.
Pero lo verdaderamente inédito ha sido la explosión de la pasión callejera de los aficionados, que en cada momento llenó y desbordó no sólo el epicentro de la celebración, el Paseo de la Reforma y la glorieta del Ángel de la Independencia, sino otros muchos puntos de la capital de la República y de las principales ciudades del país.
Aunque criticado por el elitismo y mercantilismo que han vuelto prohibitivo para la mayoría de la población asistir a un estadio mundialista, la justa deportiva arroja lecciones que vale la pena resaltar.
La primera y evidente es que en toda su trivialidad, un juego como el futbol, que despierta rivalidades entre nacionalidades, es capaz también de hermanar a los extraños, pero sobre todo identificar a quienes comparten el territorio, por sobre las diferencias políticas y los resentimientos sociales inducidos por los intereses de quienes gobiernan o intentan gobernar una nación.
Otra evidencia es que en la fiesta hubo excesos, los más notables que terminaron en varios fallecimientos, por imprudencia colectiva e inacción gubernamental los de la ciudad de México; por la súbita furia multitudinaria, el ocurrido en Los Cabos, en Baja California Sur.
Lo rescatable, sin embargo, es la vitalidad y alegría de una población, manifestada reiteradamente en momentos de su historia que lucen, por diversos motivos, muy oscuros y de gran incertidumbre.
Es ese el trasfondo contra el que se contrastan los pasados días de celebración. Los gobiernos estatales de las sedes mundialistas, y también el gobierno federal, se afanaron en alentar los festejos, que por fortuna no derivaron en mayor violencia o tragedia, pese a la falta absoluta de medidas de prevención.
Después del desempeño mexicano sin precedentes en el balompié, el reto social, para el que no está preparada la clase dirigente, es transformar esa energía colectiva, más allá de los simbolismos deportivos y los sueños de trascendencia, en un proyecto de nación que le dé un mejor futuro a las nuevas generaciones y que nos incluya a todos, no que nos divida.
Entonces podremos afirmar que esta nación quiere volar.