Regreso a clases en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos: la educación como punto de partida, no de llegada
El acuerdo alcanzado entre la Universidad y la llamada Resistencia Estudiantil para reanudar clases en modalidad virtual el próximo 30 de abril no es, por sí mismo, una victoria. Es, más bien, un punto de inflexión. Un momento incómodo pero necesario que exhibe tanto la capacidad de diálogo como las profundas grietas que aún atraviesan a la comunidad universitaria.
El paro no surgió en el vacío. Es síntoma de tensiones acumuladas: desconfianza institucional, reclamos de seguridad, demandas de bienestar y una generación que no está dispuesta a aceptar inercias. Pero también es cierto que toda interrupción prolongada del proceso educativo deja secuelas: rezago académico, desgaste emocional y una fractura en el sentido de pertenencia universitaria.
Por eso, el regreso —aunque sea virtual— no debe leerse como una simple reactivación administrativa. Es, o debería ser, una oportunidad para replantear el papel de la universidad en la formación de ciudadanos críticos, informados y responsables.
El calendario acordado habla de diagnósticos, mesas de trabajo, cronogramas y limpieza de instalaciones. Todo eso es necesario. Pero insuficiente si no se acompaña de una reflexión más profunda: ¿qué tipo de universidad quieren los estudiantes? ¿y qué tipo de estudiantes está formando la universidad?
Porque hay una verdad incómoda que no se puede evadir: la protesta sin rumbo termina desgastándose, y la autoridad sin autocrítica pierde legitimidad. En medio de esa tensión, la educación emerge como el único terreno firme. No como consigna vacía, sino como herramienta real de transformación.
Educar no es solo impartir clases; es formar criterio. Es enseñar a disentir sin destruir, a cuestionar sin caer en la desinformación, a exigir con argumentos y no solo con consignas. En tiempos donde la polarización y la inmediatez dominan el debate público, la universidad tiene la responsabilidad —y el deber— de elevar el nivel de la conversación.
Y aquí es donde la reflexión debe ser contundente: lo único que verdaderamente “limpia de raíz” a una sociedad, lo que depura sus vicios más profundos, no es la imposición ni la confrontación permanente. Es la educación. Una educación sólida, crítica, ética. Una que no solo prepare profesionistas, sino ciudadanos con conciencia.
El regreso a clases, entonces, no puede limitarse a abrir plataformas digitales o calendarizar exámenes. Debe ser el inicio de una nueva etapa donde estudiantes y autoridades entiendan que el diálogo no es una concesión, sino una obligación mutua.
Hoy la UAEM tiene frente a sí una oportunidad que pocas veces se presenta con tanta claridad: reconstruir confianza. Pero esa reconstrucción no vendrá de comunicados ni de acuerdos coyunturales. Vendrá del compromiso real con una educación que forme, cuestione y transforme.
Porque al final, más allá del plebiscito, del paro o de cualquier conflicto, hay una certeza que debería guiar este regreso: la educación no solo abre puertas; también limpia, ordena y eleva. Y en una sociedad que constantemente se enfrenta a sus propias contradicciones, eso no es un lujo… es una necesidad urgente.