Dicen que el futbol no resuelve los problemas del país. Qué exageración.
Cómo no va a resolverlos si después de un triunfo de la Selección Mexicana, por unas horas desaparecen la inseguridad, la corrupción, la pobreza y hasta el tráfico. Basta un gol para que nadie recuerde que miles de familias viven con miedo de salir de noche. Un pase filtrado tiene el poder de esconder las estadísticas de homicidios, de extorsiones, de desaparecidos. Una atajada milagrosa convierte la impunidad en una simple repetición que ya nadie quiere saber o que ya forma parte de nuestro cotidiano olvido.
Y cuando México gana, la corrupción pide tiempo fuera. Los expedientes descansan, las promesas incumplidas se van a celebrar al Ángel y los escándalos se suspenden hasta el siguiente lunes.
Total hoy juega México. La desigualdad también entiende de futbol. Durante noventa minutos, el empresario y el obrero gritan el mismo gol, el miedo y la justicia que en México no existe, corean los óles al unísono, después, cada quien regresa a su realidad, pero qué bien se sintió ese empate social que duró lo que dura un juego maravilloso como lo es el futbol.
La pobreza hace una pausa. No porque desaparezca, sino porque por un momento todos somos ricos, en ilusión, en esperanza, en gozo desbordado, en frenesí mágico , en unión, en felicidad absoluta.
Es la única moneda que no conoce la inflación, los hospitales siguen saturados, las escuelas continúan enfrentando carencias, bajo nivel educativo, poca infeaestructura, el transporte público mantiene sus problemas y hoy su alza en el precio sin planeaciones estratégicas ni acompañado de modernidad o resultados y conseguir un empleo formal, sigue siendo una carrera cuesta arriba. Pero sería de muy mal gusto hablar de eso cuando el delantero acaba de marcar el segundo gol.
La violencia contra las mujeres, el devastamiento ambiental y la falta de oportunidades también entienden que hay prioridades.
Ya habrá tiempo para ellas cuando termine el Mundial. Las redes sociales, tan divididas para cualquier otro tema, encuentran por fin la paz mundial.
Quienes no se ponen de acuerdo en absolutamente nada descubren que sí existe un consenso nacional: el árbitro siempre está en contra de México. Eso sí une al país. Qué maravilla el futbol. No porque cambie la realidad, sino porque consigue algo que muy pocas cosas logran: que un país entero sonría al mismo tiempo, vibre, se ilusione y pida a la virgen el mismo milagro.
Y quizá ahí esté la verdadera ironía.
No celebramos porque los problemas hayan desaparecido. Celebramos porque por un instante, podemos olvidarnos de ellos.
Porque durante noventa minutos México no es un país dividido por la política, la economía o la violencia. Es un país que abraza a desconocidos después de una llegada, de una atajada o de un gol esperado. Y eso explica por qué cada triunfo de la Selección provoca tanta ilusión, tanta alegría y en sí misma provoca olvido, amnesia y hasta justificación colectiva.
No porque el marcador vaya a reducir la delincuencia, bajar la inflación, acabar con la corrupción o mejorar la atención en hospitales abarrotados sin personal ni medicamentos suficientes.
Sino porque, en un país acostumbrado a escuchar malas noticias, una buena noticia vale el doble. Así que sí.
Sigamos ilusionándonos.
Al fin y al cabo, es más fácil levantar la Copa del Mundo que convencer a un mexicano de dejar de creer que, ahora sí es posible.
Pasaron 40 años para que México ganará un matar o morir en el rectángulo de la pasión.
Hoy era válido soñar, creer, querer y hasta destramparnos todo Lo que la realidad social no nos permite a diario.
Hoy si, hoy si era justificable disfrutar y gritar el orgullo de ser mexicanos
¿Y no será que hoy mi querido Teodoro debemos creer en un México distinto?
En ese de Hugo, de Octavio paz, de Frida, de Checo, de Lorena Ochoa, del Negro González Iñárritu, de Chávez, del Toro Valenzuela, pero también de la madre soltera que salió adelante, del campesino que se aferró a su tierra, del migrante que se fue y quizo crecer y creer en un mejor futuro, de la madre que sigue y sigue y sigue buscando sin encontrar pero con la fe y la esperanza intacta, de ese que sin conocerte y saber quien eres siempre te tiende la mano, de aquel que en la desgracia, se une sin esperar más que la sonrisa de salvar a alguien.
Ese es el Mexico que hoy sueña, se emociona y grita como nunca un gol de esperanza, de amor, de unidad y de fe.
Al fin que ese, el bendito futbol como los problemas importantes de este país, nunca se acabará y por lo menos hoy un niño de 17 años nos ilusiono nos alentó y nos dió esperanza de seguir soñando.
Porque todos sabíamos que no….
Pero ¿Y si sí?
¿Qué lindo habría sido no?