CUAUTLA NO ES UN ACCIDENTE

Por Irradia Noticias

Se llamaba Claudia Tacoronte Aguilera. Veintiún años.

Vino de Granada, España… a estudiar un semestre en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Llevaba apenas un mes aquí. Un mes conociendo Cuernavaca, conociendo Morelos, aprendiendo a decir las cosas como las decimos nosotros.

El sábado por la noche, en la Casa de la Cultura de Cuautla, en medio de una fiesta popular —la Fiesta Nacional de la Planta Medicinal, rodeada de gente, de música, de familias— un hombre la atacó con un arma blanca. Ella intentó huir. Buscó refugio dentro del edificio. No lo logró.

La Fiscalía lo investiga como feminicidio. Hasta este momento, al aire, hay un solo detenido.

Se los digo como abogada. No como comentarista.

Cuautla tiene, ahora mismo, uno de los operativos de seguridad más grandes en la historia reciente de Morelos. Guardia Nacional. Marina. Un nombre oficial: Plan Cuautla. Inversión de millones de pesos, por instrucción presidencial. Esta misma semana, las autoridades presumieron ciento diecinueve detenidos como resultado de esas acciones.

Ciento diecinueve detenidos… y solo uno por el asesinato de Claudia.

Y aquí quiero que se detengan conmigo un segundo, porque esto no es un dato menor. Una joven fue asesinada a cuchilladas en un evento público, rodeada de testigos, en el corazón de un operativo que se anuncia como el más grande de la historia de la región. Eso no es mala suerte. Eso es un diseño que falló donde más dolía.

Porque un operativo que mide su éxito en detenidos por extorsión, por secuestro, por narcomenudeo… pero que no puede garantizar que una mujer llegue viva a su casa después de una fiesta cultural, no está midiendo lo que realmente importa. Está midiendo lo que se ve bien en un boletín de prensa.

Y se los digo también como mujer.

Esto no nos sorprendió. Y ahí está lo más doloroso de toda esta historia.

Supimos que investigarían feminicidio antes de que la Fiscalía lo confirmara. Lo supimos porque conocemos el patrón. Lo hemos vivido, lo hemos caminado, lo hemos llorado tantas veces que ya casi tenemos el guion memorizado: la calle como territorio hostil. La noche como riesgo que no elegimos correr, pero corremos igual porque hay que llegar a casa. El cuerpo de una mujer como blanco, aunque no traiga nada de valor que robar, aunque el motivo del ataque termine sin explicación clara, aunque la versión oficial hable de «un presunto asalto que se salió de control».

Claudia no cometió ningún error. No caminó por donde no debía. No vistió como no debía. No salió a la hora que no debía. Caminaba, en donde hubo un evento cultural, en un espacio que el propio gobierno organiza y promueve. Buscó refugio en un lugar público, la Casa de la Cultura, el sitio que en cualquier ciudad del mundo debería representar lo mejor de una comunidad: el arte, el encuentro, la memoria compartida. Y ese lugar no la protegió. El agresor la siguió hasta adentro.

Piensen en eso. La siguió hasta adentro de un edificio público, en medio de una fiesta, y nadie pudo detenerlo a tiempo.

España ya pide respuestas. El canciller español lo dijo con todas sus letras, desde otro continente: «queremos llegar al fondo de esto». La gobernadora de Morelos prometió que darán con el responsable. La UAEM habla de indignación profunda, envía condolencias, activa protocolos… pero, no da la cara! No afronta la situación…

Yo les pregunto algo más incómodo, y se los dejo aquí, en el aire, para que lo piensen conmigo:

¿Qué le vamos a decir a la próxima familia que mande a su hija a estudiar a México y a todas las jóvenes de aquí mismo que solo quieren estudiar para salir adelante? ¿Que tenemos operativos con nombres bonitos, pero fiscalías sin resultados? ¿Que existe una unidad especializada en feminicidio, pero que «especializada» no significa que resuelva, sino que simplemente clasifica?

Porque eso es lo que tenemos hoy: una etiqueta jurídica correcta —feminicidio— sin que detrás de esa etiqueta haya cámaras revisadas con resultados públicos, sin sospechosos identificados, con una sola detención, una semana después de los hechos. Una fiscalía que abre una carpeta no está haciendo justicia. Está empezando a hacerla. Y entre el inicio y la justicia real hay una distancia que, en México, casi siempre se llama impunidad.

Mi aportación, desde el derecho, no es la indignación de un solo día. La indignación de un día se apaga con la siguiente noticia, con el siguiente escándalo, con la siguiente fiesta patronal. Mi aportación es exigir que «investigarse como feminicidio» deje de ser una frase de comunicado de prensa y se convierta en protocolo real: con plazos verificables, con resultados que se informen a la sociedad, con consecuencias concretas para quien no cumple, sea policía, ministerio público o autoridad municipal… y sobre todo PREVENCIÓN!

Es exigir que la seguridad no se mida solamente en detenidos por extorsión, mientras las mujeres seguimos muriendo en las mismas calles, en las mismas plazas, en las mismas casas de cultura que esos operativos dicen tener bajo control.

Y es recordar, cada vez que alguien quiera minimizar esto llamándolo «un asalto que se salió de control», que el feminicidio no es un homicidio con mala suerte. No es un robo que terminó mal. Es la forma más extrema de un desprecio que empieza mucho antes del cuchillo: empieza en el chiste que nadie corrige, en la denuncia que nadie atiende, en la carpeta que se archiva, en la costumbre de ver la violencia contra las mujeres como el costo normal de vivir en este país.

Claudia no va a volver viva a Granada. No va a terminar su semestre. No va a contarle a nadie, allá, cómo le fue en México.

Y aquí, con toda la dureza que esto merece, se los digo sin adornos: en una semana hay un detenido, y en un mes ¿cuántos? , este caso va a engrosar la lista de los sucesos que envuelven a Morelos. Va a convertirse en una cifra más dentro de un estado que ya perdió la cuenta. Y nosotros, los que hoy hablamos de indignación, vamos a seguir viviendo con la comodidad de haberlo lamentado en voz alta, sin exigir absolutamente nada después.

Eso es lo verdaderamente imperdonable. No solo que la mataron. Sino que este país está perfectamente entrenado para olvidarla.

Exigir. Nombrar. No soltar. Porque si no lo hacemos nosotros, nadie más lo va a hacer.

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