Terminó el Mundial de futbol, con un equipo triunfador que no representó una sorpresa en términos deportivos.
Pero lo que sí resultó inesperado fue la ceremonia de premiación, en la que junto al liderazgo de la FIFA y el presidente norteamericano Donald Trump, el rey de España y el primer ministro canadiense, estuvo la presidenta Claudia Sheinbaum, para entregar el trofeo a la selección ibérica.
México, Canadá y Estados Unidos fueron coorganizadores del Mundial, por lo que es perfectamente correcto que los mandatarios de las tres naciones, como anfitriones del torneo, presidieran la ceremonia de entrega de preseas.
Sin embargo, el asunto desató polémica por el antecedente recordable: ni a la ceremonia inaugural ni al partido de arranque, llevados a cabo ambos en el viejo estadio de la ciudad de México, ni a ninguno de los demás partidos que jugó la selección nacional hasta que fue eliminada, acudió la presidenta. Para no ocupar un lugar de privilegio, pues era un espectáculo fifí de altísimos precios, se dijo en los altos círculos gubernamentales, y porque donde había que estar era cerca de la ciudadanía, que “nosotros no necesitamos codearnos con los de arriba”.
El discurso se estropeó un poco con la cena organizada por la FIFA en el Castillo de Chapultepec alrededor de la inauguración mundialista, evento de pipa y guante al que sí asistió la mandataria.
Y de plano se complicó con la invitación del Presidente Trump a la final en Nueva Jersey. Ahí los accesos estuvieron todavía más caros, y los lugares de privilegio fueron de mayor nivel. Hubo además que comprar billetes de avión a Nueva York, y luego disponer de una nave militar ante la cancelación del vuelo comercial.
Que el viaje fue una tarea de Estado, y no la asistencia de una espectadora común, plantearon sus cercanos. Eso está claro. Pero la misma lógica era aplicable a la inauguración futbolera y a los partidos de la selección. Nada más natural que un o una mandataria apoyando al equipo local, justamente como jefa de Estado, no como una aficionada más.
Desde entonces se dijo que la abstención tenía que ver más bien con los riesgos por posibles reacciones del público ante su aparición en algún estadio mexicano, como por cierto les ocurrió a Trump y a Gianni Infantino en Nueva Jersey.
Nada como ser recibida con mariachis y flores en Manhattan.Los más ácidos críticos han recordado el viejo dicho vuelto canción: candil de la calle…
Lo cierto es que tenía más riesgos declinar la invitación de Donald Trump. Ya sabemos lo irritable y vengativo que suele ser el señor. De por sí trata a México y a su gobierno como los trata...
Así que las cosas podrían ponerse peor. La paz bien vale un partido. Y si es a dos mil millas de la ciudad de México, mejor.