Este lunes recordemos lo manifestado el 12 de junio de 2026, apenas un día después de la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA en México, cuando Claudia Sheinbaum pronunció una frase que merece una profunda reflexión democrática: “Quien la pasó mal es quien quiere que le vaya mal a México; y quien quiere que le vaya mal a México no la va a pasar bien nunca”.
La razón es sencilla: la declaración reduce la pluralidad política a una falsa dicotomía donde solo existen dos opciones. De un lado están quienes celebran las decisiones del gobierno; del otro, quienes supuestamente desean el fracaso del país. Entre ambas posiciones desaparecen millones de mexicanas y mexicanos que ejercen un derecho fundamental: cuestionar al poder.
En una democracia, la protesta no es una muestra de odio hacia la nación. Es una forma legítima de participación en los asuntos públicos. Marchar, manifestarse, expresar inconformidad o exigir atención a demandas sociales forma parte de los derechos políticos de la ciudadanía. Equiparar el descontento social con un deseo de que a México le vaya mal implica descalificar moralmente a quienes piensan distinto y convertir la crítica en una forma de traición.
Más preocupante aún es el contexto en el que se emitió la declaración. Mientras el gobierno celebraba el éxito mediático de la inauguración mundialista, miles de personas intentaban visibilizar demandas que consideraban ignoradas. En lugar de reconocer la legitimidad del desacuerdo, la respuesta presidencial pareció sugerir que quienes protestaban no eran ciudadanos ejerciendo derechos, sino adversarios empeñados en perjudicar al país.
Durante años, Morena construyó buena parte de su identidad política bajo la consigna de “primero los pobres”. Sin embargo, episodios como este alimentan la percepción de que ese discurso puede quedar subordinado cuando entran en juego los intereses de los grandes poderes económicos. El gobierno que prometió poner en el centro a las y los mexicanos de a pie pareció más preocupado por proteger la imagen de un espectáculo global que por escuchar a quienes reclamaban atención a problemas reales.
La FIFA no es una organización de representación social. Es una de las corporaciones deportivas más poderosas y rentables del mundo. Por ello resulta inevitable preguntarse qué fue prioritario aquel 11 de junio: las demandas de ciudadanos mexicanos ejerciendo sus derechos o la necesidad de garantizar que nada empañara el negocio multimillonario detrás del Mundial.
Una democracia fuerte no exige aplausos permanentes ni unanimidades artificiales. Exige tolerancia al desacuerdo y respeto a la protesta. Porque el verdadero amor por México no consiste en guardar silencio frente a los problemas, sino en exigir que se resuelvan.