Mientras diversos funcionarios del más alto nivel de la administración norteamericana han elogiado recientemente la cooperación y la disposición del gobierno mexicano en la lucha contra el crimen organizado, la iglesia católica de nuestro país y de Guatemala, expresan su preocupación por la suerte de los migrantes, como nunca agredidos por la delincuencia en la frontera sur.
A la apreciación del secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Markwayne Mullin, que en días pasados se declaró impresionado por los esfuerzos y cooperación bilateral del gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum en el combate al narco, se sumó recientemente la directora antidrogas de la administración norteamericana, Sara Carter, quien también elogio la colaboración y los resultados contra las organizaciones de malosos.
Sin embargo, pese a estas buenas señales, la situación está lejos de estar bajo control.
En paralelo, un documento signado por los obispos de la frontera entre México y Guatemala, luego del tercer encuentro que han celebrado, refiere el drama que viven los migrantes en la región, y denuncian que en los recientes años “los grupos criminales, las redes de trata y las extorsiones a lo largo de las rutas migratorias se han fortalecido y consolidado”.
La nota del encuentro, publicada por la agencia de noticias del Vaticano, Vatican News, informa que los prelados se reunieron para debatir con el tema indicado por el Papa León XIV, con vistas a la próxima 112a Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que se llevará a cabo en septiembre próximo, con la divisa “Aunque sea sólo uno de estos niños”.
En su comunicado final, suscrito por el cardenal guatemalteco Álvaro Ramazzini, junto con los obispos de Huehuetenango, San Marcos y Quiché, de la nación vecina, y San Cristóbal de las Casas, Tapachula y Tuxtla Gutiérrez, del lado mexicano, se explica que a pesar de las condiciones de pobreza, precariedad, desigualdad y violencia sistemática a las que se enfrentan las poblaciones, las migraciones continúan. Se trata, señalan, de personas y familias en condiciones de extrema vulnerabilidad, con niños y ancianos, cuya salud física y mental se ve comprometida.
Los prelados observan que los grupos criminales han encontrado en el flujo de migrantes una fuente de ingresos extremadamente lucrativa, ya que éstos son secuestrados, extorsionados, víctimas de violación y trata, y en algunos casos reclutados para las bandas.
Aunque en la frontera entre ambas naciones se cuenta con tecnología biométrica para la vigilancia, los pastores acusan que en la práctica es una zona controlada “por quienes ejercen la violencia”, y la respuesta de las instituciones locales e internacionales es limitada o inexistente.
La situación se ha agravado por la estrategia norteamericana de expulsión y repatriación por la fuerza de migrantes, abandonados en las zonas fronterizas, y quienes más sufren son los menores que, junto con sus familias, se sienten extranjeros en su propia patria, concluyen los jerarcas religiosos.
Como se ve, en la materia hay mucho por hacer, luego de los pasados años en que se dejó florecer y organizarse a la delincuencia, que ahora controla y domina vastas zonas del territorio nacional.