La democracia, alguna vez entendida como un proceso de aprendizaje cívico y deliberación pública, fue degradándose hasta convertirse en una mera escenografía electoral. Durante años, se repitió que votar enseñaba a los ciudadanos a ser parte activa del destino nacional, que las elecciones eran una escuela para la ciudadanía. Pero lo que en teoría era una pedagogía democrática, en la práctica se transformó en una lección de sumisión.
Participar dejó de ser un acto consciente y deliberado. Las personas acudieron a las urnas sin saber por quién votaban, obedeciendo indicaciones dictadas desde el poder. Los recursos públicos se usaron abiertamente para inducir el sufragio. Los votantes recibieron instrucciones impresas en acordeones, como si la decisión ya hubiera sido tomada por otros. La ciudadanía dejó de ejercer su autonomía para validar un proyecto impuesto desde arriba, mientras los medios y las instituciones miraban hacia otro lado.
Se dijo que era democracia, pero solo se trató de una coreografía hueca, una representación que buscaba legitimidad sin ofrecer opciones reales. Lo que predominó fue el miedo, como en los viejos regímenes autoritarios que Montesquieu describió con claridad. El ciudadano volvió a ser súbdito, y la clase política reaprendió a obedecer, no a negociar públicamente.
La experiencia reciente mostró que el proceso democrático puede invertirse. El aprendizaje colectivo, lejos de fortalecerse, se descompuso. Las elecciones ya no educaron; adiestraron. Ya no sirvieron para formar ciudadanos informados, sino para perpetuar la lógica autoritaria en nuevas formas. La ilusión de participación ocultó un vaciamiento de sentido.
La elección terminó siendo no sólo una regresión democrática, sino también una regresión pedagógica. Y eso tiene consecuencias profundas. Porque si una sociedad olvida cómo deliberar, cómo disentir, cómo informarse, entonces el futuro que le espera no será solo incierto, será desolador.
La ciudadanía, una vez reducida a su mínima expresión, tardará generaciones en recuperarse. Y quizá, para entonces, ya no quede nadie que recuerde qué era realmente vivir en democracia.