Acaba de pasar el Día de Reyes en nuestro México, fecha que llena de ilusión a los infantes, abonada por los adultos cercanos; pero, lamentablemente no todo es bonito cuando hablamos de la infancia y adolescencia.
Acaba de ser publicado el informe de la Red por los derechos de la infancia, la Redim y nos arroja datos brutales!
Nos dice que de los 20,674 homicidios registrados en 2025, el DIEZ POR CIENTO, fueron niñas, niños y adolescentes, a quienes les privaron de la vida tanto militares como sus familiares cercanos; y de 10,000 niños, niñas y adolescentes, desaparecidos en 2015, 3,000 siguen sin aparecer!
Las cifras no deberían perderse entre informes ni diluirse en estadísticas frías. Detrás de cada número hay un nombre, una historia interrumpida y un futuro que jamás llegó. Cuando un país normaliza que una décima parte de sus homicidios sean de niñas, niños y adolescentes y que otro tanto esté desaparecido, algo profundo se ha roto en el tejido moral de la sociedad.
La violencia que hoy alcanza a la infancia no distingue espacios: ocurre en las calles, en los hogares, en los caminos rurales y en medio de operativos armados. Es una violencia que traiciona lo más elemental: el deber de cuidar.
Peor aún, muchas veces proviene de quienes debían proteger, amar o garantizar seguridad. ¿Qué clase de nación somos cuando los niños mueren por deudas impagables, por balas “perdidas” que no lo son, o por la ambición, el desinterés y la crueldad dentro de su propio hogar?
Hablar del futuro sin mirar de frente esta realidad es una simulación.
No se puede aspirar a la paz mientras la niñez crece rodeada de miedo, desapariciones, reclutamiento forzado y abandono institucional.
Cada niña o niño desaparecidos que no se buscan de inmediato, cada adolescente absorbido por la delincuencia ante la falta de opciones, es una derrota colectiva que compromete el mañana.
Morelos no está ajeno a esta reflexión. También aquí debemos preguntarnos qué entorno estamos construyendo para nuestras niñas y niños, qué tan sólidas son nuestras redes de protección y qué tan dispuestos estamos, como sociedad y como autoridades, a colocar realmente a la infancia en el centro de las decisiones.
El silencio, la indiferencia o la costumbre son formas de complicidad.
El legado que dejamos no se mide solo en obras, cifras económicas o discursos políticos, sino en la posibilidad de que la niñez crezca con vida, con dignidad y con esperanza.
Protegerlos no es un gesto de buena voluntad: es una obligación ética, legal y humana. Si fallamos en eso, el futuro no nos lo reclamarán los niños de hoy; nos lo cobrarán los adultos que nunca pudieron ser.