Hay una pregunta que debería incomodarnos cada día: ¿estamos normalizando lo que nos hace daño? Desapariciones, violencia, desempleo, deshonestidad, corrupción, extorsiones, engaños, violación, crueldad. La lista es larga y dolorosa. Y, sin embargo, muchas de estas realidades han pasado a formar parte del paisaje cotidiano. Ya no sorprenden.
Esto hoy es un llamado a la conciencia crítica y a la responsabilidad activa.
Normalizar no es solo acostumbrarse. Es renunciar. Se comenta con resignación, se justifica con “así es la vida” o se olvida hasta que tocan la puerta de nuestra casa. Normalizar es aceptar que el dolor ajeno es inevitable y que nuestra responsabilidad termina donde comienza nuestra comodidad.
Cuando dejamos de escandalizarnos ante la corrupción, la injusticia o ante el sufrimiento de quienes migran porque no encuentran futuro, cuando el suicidio se vuelve estadística, el robo se explica como “necesidad del sistema” y la represión a manifestaciones como restablecimiento del orden, estamos cediendo terreno a una sociedad que se degrada en silencio y se auto boicotea.
¿En qué tipo de sociedad nos convertimos? En una donde la empatía se vuelve selectiva, la indignación, episódica y la censura en el nuevo oscurantismo. Reaccionamos con fuerza cuando el problema nos golpea de cerca, pero miramos hacia otro lado cuando afecta a “los otros”. Esa distancia moral es peligrosa: convierte a las víctimas en números y a los perpetradores en parte del decorado.
El porqué es complejo: fatiga social, saturación mediática, sensación de impotencia, y también conveniencia. Es más fácil vivir como si el mal fuera ajeno. Pero saber no basta. El conocimiento sin acción es complicidad pasiva. ¿Qué hacer, entonces?
Empezar por lo pequeño y lo cercano: no normalizar la mentira en el trabajo, la deslealtad en las relaciones, la manipulación en los discursos públicos. Exigir transparencia, denunciar lo que está mal y no nos toque directamente, educar en la responsabilidad y no solo en la queja. Apoyar a quienes resisten, a quienes construyen alternativas, a quienes se niegan a que el dolor sea el estado natural de las cosas.
El cambio no exige héroes perfectos. Exige personas que se nieguen a bajar la mirada. Que pregunten por las causas estructurales —desigualdad, debilidad institucional, cultura de la impunidad— y que actúen en su círculo de influencia: la familia, la escuela, el barrio, el voto, el consumo, la conversación cotidiana.
Cada vez que rechazamos la normalización de lo perjudicial, recuperamos un poco de dignidad colectiva.
Seguir con el dolor humano como si fuera inevitable es una decisión, no un destino. Podemos elegir otra sociedad: una que no se acostumbre al sufrimiento, que no justifique la crueldad y que entienda que la indiferencia, el silencio y la auto censura también mata.
Es un llamado a la conciencia crítica y a la responsabilidad activa.
La pregunta no es solo “¿normalizar?”.
La pregunta es: ¿estamos dispuestos a dejar de hacerlo? Porque mientras aceptemos lo negativo como normal, seguiremos construyendo el tipo de mundo que, en el fondo, no queremos habitar.