La socióloga Arlie Hochschild acuñó el concepto de “la segunda jornada” para explicar que, tras salir de su trabajo remunerado, millones de mujeres llegan a casa a comenzar otra jornada laboral: la del hogar, los cuidados y la logística familiar. Gran verdad, y sin embargo seguimos hablando de ella como si fuera anécdota y no estructura.
De entre todas las desigualdades, la del tiempo es de las más difíciles de litigar, porque no deja moretones ni recibos: sólo agotamiento acumulado y proyectos de vida que nunca se concretan.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024 del Inegi, la brecha de género en trabajo doméstico no remunerado es de 16.7 horas semanales a favor de los hombres, y si se suma el cuidado de menores de cinco años, ellas dedican 33.4 horas contra 14.8 de ellos. Ese tiempo, calculado por el propio Inegi, representó en 2022 un valor económico de 7.2 billones de pesos, el 24.3% del PIB nacional, del cual las mujeres aportan casi tres cuartas partes sin recibir un peso.
En las juntas laborales, por ejemplo, a las mujeres siempre se les cuestiona por qué piden permisos, por qué llegan tarde, por qué “no se enfocan”, como si el tiempo que invierten en sostener la vida de otros —hijos, padres enfermos, la casa entera— no formara parte de una jornada real de trabajo.
Y es que muchas mujeres tampoco identifican esta sobrecarga como una forma de desigualdad, porque en nuestra sociedad nos enseñaron que estar disponibles, recordar, planear y anticipar las necesidades de toda la familia es “instinto” y no trabajo, de ahí que muchas sientan que simplemente “así son las cosas”, aunque de ninguna manera deberían serlo.
De hecho, en 2024 se reformó el artículo 4 constitucional para crear el Sistema Nacional de Cuidados, reconociendo por primera vez que el cuidado es un derecho y una responsabilidad social, no una obligación exclusivamente femenina.
No es cosa menor: esta desigualdad de tiempo es ese robo silencioso que, mayoritariamente a las mujeres, les arrebata las horas necesarias para estudiar, descansar, hacer ejercicio o simplemente no hacer nada, lo que merma gravemente su desarrollo personal y profesional, y provoca que dependan cada vez más de esa estructura que las mantiene ocupadas todo el tiempo.
Sin embargo, el problema no es sólo lo obvio, las horas, sino también otras modalidades, como la carga mental: no basta con lavar la ropa, hay que recordar que se acabó el detergente, saber la talla que ahora usan los hijos, agendar la cita médica y prever el cumpleaños del sobrino, mientras quien tiene el privilegio del tiempo libre sólo “ayuda” cuando se le pide.
La pobreza de tiempo refuerza otras formas de desigualdad que, al final del día, sólo mantienen a esas mujeres atrapadas en la disyuntiva de crecer o sostener, porque no les alcanzan las horas para ambas cosas. Se han preguntado ¿a cuántas mujeres conocen que dejaron una maestría, un ascenso o un proyecto propio porque “no había tiempo”?, ¿sus madres?, ¿sus hermanas?, conocemos a muchas.
Recordemos: el mismo hombre que dice que “en esta casa se ayudan todos”, es el mismo que nunca sabe en qué talla va su hijo o hija ni qué día es la junta escolar. La misma familia que celebra a la mujer “que hace malabares” con el trabajo y el hogar, es la misma que jamás le pregunta si necesita ayuda, sino sólo si ya terminó.
La misma sociedad que le exige a una madre estar en todos lados a la vez, es la misma que después le reprocha no haber “logrado más” en su carrera.
Ceder el propio tiempo por completo, sin importar cuánto se ame a quienes se cuida, es un error que arrastramos generación tras generación. Por el contrario, defender horas propias, intransferibles, es una de las primeras fronteras que cada una debería trazar, porque eso nos dará espacio, y sobre todo, nos garantizará, en gran parte, nuestro futuro.
Hoy este comentario va dedicado a esas madres, mujeres que siempre nos escuchan, a aquellas mujeres que lo dan todo, a aquellas mujeres que lo hacen todo por todos, GRACIAS!