MÉXICO: EL PAÍS QUE SE ACOSTUMBRÓ A NO AVANZAR

Por Irradia Noticias

México no está detenido: se acostumbró a la parálisis. Y lo más grave es que ya ni siquiera parece indignarnos. Década tras década, el país ha transitado entre gobiernos que administran la inercia y administraciones que confunden improvisación con transformación. En todos los casos, el resultado es el mismo: un país que se mueve mucho, pero avanza poco.

La política mexicana vive atrapada en un ciclo que Albert Camus describiría como absurdo: cada gobierno imagina que inaugura la historia, como si el país pudiera resetearse cada seis años. Ninguna administración acepta que sin entender lo que ya falló —y por qué falló—, cualquier intento de cambio está condenado a repetir errores.

El contraste con el desarrollo estabilizador es brutal. México alguna vez tuvo rumbo, movilidad social y un Estado que sabía para dónde iba. Después vino el desorden: gasto sin control, dependencia del petróleo, apertura económica sin preparación social, modernización financiera sin cohesión, democracia sin instituciones, crecimiento sin seguridad. Se desmontó lo viejo sin construir nada nuevo que funcionara.

La consecuencia fue un Estado debilitado y una clase política enfrascada en peleas inútiles, completamente desconectada de la realidad. Mientras tanto, la ciudadanía fue quedando sola en un país que delegó su futuro al azar.

En ese vacío surgió Morena, capitalizando el enojo legítimo de millones. Pero una vez en el poder repitió la misma arrogancia que decía combatir: borrar lo anterior, improvisar, gobernar desde la narrativa. Lo que prometió como revolución terminó siendo una reedición del mismo vicio histórico: cambiar sin transformar.

Para colmo, dos factores externos —migración y exportaciones— han servido durante años como muletas que disfrazan la falta de estrategia. La migración alivia presiones sociales; las exportaciones generan cifras que lucen bien en conferencias. Pero nada de eso construye Estado, reduce desigualdad o mejora la seguridad. Sólo pospone el colapso de decisiones que nunca se toman.

Por eso México es hoy un país que presume logros globales mientras fracasa en lo elemental. Exportamos autos de última generación, pero no podemos garantizar escuelas en condiciones dignas, hospitales que funcionen o territorios libres del crimen. Somos potencia en comercio exterior, pero un desastre en cohesión social. Un gigante en manufactura, pero débil en Estado de derecho. Esa contradicción ya no es paradoja: es negligencia.

Arnold Toynbee, -filósofo británico- advertía que las civilizaciones no caen por enemigos externos, sino por renunciar lentamente a pensar su futuro. Eso es lo que está ocurriendo. México no está siendo derrotado: se está dejando vencer.

Y aquí surge la pregunta más incómoda: ¿cómo impacta todo esto a Morelos?

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