Lo que no puede repetirse es el espectáculo del primero de junio: la indiferencia, la desinformación, las cascadas de interminables nombres, el financiamiento ilegal, la incertidumbre creciendo como maleza, las contradicciones. La vuelta al pasado disfrazada de futuro.
La conclusión es lógica: hace falta una contrarreforma.
La buena noticia es que la heredera del tabasqueño no es su rival, pero sí su némesis. Sheinbaum es la variación arquitectónica de su predecesor. Andrés Manuel rompe lo que Claudia arregla. Lo que él derriba, ella ajusta.
Desarmar para armar.
Así, casco bien puesto, la mandataria promete perfeccionar la obra construida sobre los restos humeantes del Poder Judicial. Rosa Icela, su escudera, lo ha reiterado: la reforma judicial requiere correcciones mayores.
No llevan sobre los hombros la fe absurda de tener la razón mientras los demás se equivocan. Mejor así. Insistir -afirma Martín Caparrós- solo empeora.
A la arquitecta con banda presidencial le queda el desafío: levantar un nuevo Poder Judicial capaz de resistir a los villanos que vendrán -porque vendrán, a Sheinbaum solo le restan cinco años- y a los excesos, ya conocidos, de los togados. Reconstruir sin repetir. Consolidar sin controlar. Ordenar sin domesticar. Según dicen en la 4t que así serán las cosas … veremos …
Para lograrlo, habrá que sentarse con humildad en altaneras mesas redondas. Reunir las pocas miradas lúcidas que resisten y levantar lo que se vino abajo. Universidades, observatorios y los escasos juristas que han permanecido sensatos: todos deberán ser convocados.
La premisa es simple: la reforma judicial vivirá.
Tracemos un círculo alrededor de ello y a cincelar lo demás.
¿Insistiremos en la terca obsesión de reemplazar, cada tanto, a todos los juzgadores? La nueva forma de nombrar a la Corte y al Tribunal de Disciplina es sencilla. Incluso razonable. Durante años nos lamentamos de los viejos métodos. ¿Y si, para el resto de los juzgadores, retomamos aquella salida salomónica de González Alcántara Carrancá -políticamente inviable entonces- de partir la reforma en dos? Que vengan las urnas del 2027 para los juzgadores que faltan. Después, pensemos en su vigilada permanencia.
Ahora sabemos que a la gente le importa poco qué es un magistrado de circuito, un juez de distrito o cualquiera de sus parientes burocráticos. Los nombres no entusiasmaron. Tampoco la fila para votarlos. Trece por ciento de participación y de ese porcentaje, solo el nueve por ciento fueron votos válidos, es un número revelador para quien anda en búsqueda de evidencia.
Si la reforma sigue su curso para el conjunto de los jueces, será necesario revisar quién puede llegar allí. Y poner reglas a los -nada regulados- comités de evaluación.
¿Seguiremos negando que las elecciones judiciales fueron partidistas? Sería un error. Y una mentira. Nuestro sistema electoral respira a través de los partidos; no conocemos otro camino. Fingir que los comicios judiciales pueden ser ajenos a sus colores es un acto de ceguera voluntaria o conveniente daltonismo.
Persistir en el rumbo que llevamos solo servirá para justificar la inacción de una oposición perezosa. Cómoda en la derrota e instalada en el duelo.
Insistir en ese camino pondrá al INE bajo tensión institucional innecesaria.
Avanzar por la misma ruta traerá, de nuevo, las mismas prácticas electorales intolerables que vimos el pasado primero de junio. Aquellas que -citando a la propia autoridad- nos regresan al paleolítico. Territorio primitivo.
El fuego cumplió su tarea: ha devorado el enfermo bosque. Ahora empieza lo complejo: sembrar uno nuevo de moderada pretensión.
Menos grandioso. Más independiente. Más supervisado. Eficaz.
Conclusión 1:
El verdadero desafío no es imponer una nueva estructura, sino construir legitimidad. Un sistema judicial reformado sin credibilidad se convierte en otro cascarón vacío, decorado de modernidad, pero hueco de justicia.
Conclusión 2:
La participación ciudadana no se impone con papeletas, sino con pedagogía democrática. Si no entendemos el sistema que queremos transformar, solo cambiaremos los nombres sin alterar el fondo.
Conclusión 3:
La reforma vivirá, sí, pero su sobrevivencia dependerá de algo más que voluntad política: requerirá una ética institucional compartida, capaz de resistir tanto al caudillismo como a la mediocridad funcional.
Queda a la reflexión este comentario y más, si gustan para diseccionarlo …