La confirmación de la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, marca un momento político e institucional de enorme relevancia para México. No se trata únicamente de la caída de uno de los criminales más buscados del país, sino de un hecho que obliga a replantear lo que entendemos por seguridad, gobernabilidad y responsabilidad social.
Durante más de una década, el CJNG se consolidó como una de las organizaciones criminales con mayor expansión territorial, capacidad financiera y despliegue violento.
Su estructura no dependía solo de un liderazgo carismático, sino de una red empresarial criminal diversificada: narcotráfico, extorsión, control territorial, tráfico de armas y expansión internacional. Pero, hay que ser claros y usar el sentido común: la desaparición de su líder histórico representa un golpe simbólico y operativo, pero no equivale al desmantelamiento automático de la organización.
La experiencia mexicana demuestra que la eliminación de un líder criminal suele generar dos escenarios: reacomodo interno o fragmentación violenta. En ambos casos, el riesgo inmediato es un incremento temporal de la violencia por disputas sucesorias y lucha por territorios estratégicos.
La muerte de un capo no es el final de un ciclo; es el inicio de una etapa de tensión. Si el Estado no actúa con rapidez, inteligencia y coordinación, los vacíos del poder fáctico pueden llenarse con el surgimiento de una diversidad de ramas de dirección y sobre todo brutalidad. Esto, no lo digo yo, lo dice la historia reciente en México , cada vez que se ha abatido a un líder del crimen organizado, al monstruo le crecen mil cabezas brutales.
Por eso, este momento exige serenidad social y firmeza institucional. Ni triunfalismo político ni alarma descontrolada. Lo que corresponde es estrategia institucional y comunicación asertiva para con la sociedad civil, que siempre queda atrapada entre el desorden y la infodemia.
Nos queda claro que este evento marca dos escenarios claros:
Primero, no existe una “solución mágica” a la violencia. La caída de un líder no elimina las condiciones estructurales que permiten el crecimiento del crimen organizado: desigualdad social, impunidad, corrupción, debilidad policial y economías ilegales arraigadas.
Segundo, que la seguridad no es responsabilidad exclusiva del gobierno. La sociedad debe fortalecer la cultura de la legalidad, la denuncia protegida y la reconstrucción del tejido comunitario.
La normalización social del narcotráfico —ya sea por miedo, atracción económica o resignación— ha sido uno de los mayores triunfos simbólicos del crimen organizado.
Desmontar esa narrativa también es parte de la tarea institucional y social.
Y podríamos hablar de un tercer escenario, el que nace de que la exigencia ciudadana debe centrarse en resultados sostenibles y no en espectáculos mediáticos.
El gobierno federal enfrenta ahora un examen estratégico.
La lección es clara: si solo se elimina al líder pero no se desmantela la estructura, los resultados serán magros y el ciclo casi de manera ineludible, se repetirá. La historia reciente, no miente.
Consideramos por tanto que, los gobiernos estatales no pueden asumir una postura pasiva esperando directrices federales. Les corresponde urgentemente a corto y mediano plazo:
- Profesionalizar y depurar policías.
- Fortalecer fiscalías estatales.
- Proteger a periodistas y denunciantes.
- Recuperar espacios públicos y programas comunitarios que alejen a la sociedad del oropel del llamado dinero “fácil” y de la ilusión o escape de la droga.
La seguridad exige su reconstrucción desde un enfoque estratégico y con un refuerzo de lo federal a lo local y viceversa; sin esa red de soporte institucional y social,
cualquier estrategia nacional se diluye.
Por otro lado, lo que se sospechaba, se confirmó ayer, la operación que llevó a la caída de “El Mencho”, la innegable y necesaria colaboración con Estados Unidos en materia de inteligencia; nos lleva esto a pensar que no sólo es una realidad estructural, sino exigencia de los tiempos económicos y sociales que se viven entre nuestra nación y la política implementada por el país vecino.
Sin embargo, creemos que esta cooperación debe evolucionar hacia un modelo más equilibrado o medido, si es que realmente queremos recuperar la soberanía que no solo podria ser arrebatada o cooptada por la nación extranjera, sino por el propio poder fáctico que al parecer ha invadido a nuestro país, a través del crimen organizado y la impunidad. Ahi están los llamados “narco gobiernos”…
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes puede convertirse en un punto de inflexión o en un episodio más dentro de una historia repetida. La diferencia radica en lo que ocurra a partir de hoy y en los próximos meses.
En conclusión, si el Estado logra debilitar y abatir la estructura criminal, fortalecer instituciones y reconstruir confianza y tejido social, estaremos ante un verdadero avance. Si no, veremos simplemente el ascenso de un nuevo liderazgo.
Este no es momento de celebrar ni de temer: es momento de actuar con inteligencia, coordinación y responsabilidad colectiva.
Porque la verdadera victoria no es la caída de un capo, la victoria real empieza cuando el Estado de derecho deja de ser promesa y se convierte en garantía.