LA ESTRATEGIA DEL RUIDO Y EL MIEDO…

Por Irradia Noticias

El comportamiento del oficialismo tras la marcha del sábado 15 de noviembre revela, una vez más, la fragilidad de un poder que presume fortaleza mientras se empeña en silenciar cualquier rastro de disidencia.

Bastaron unas horas para que la maquinaria propagandística del gobierno federal entrara en funcionamiento: una orquesta perfectamente afinada cuyo objetivo no es informar, sino inundar de estridencias el espacio público para imponer una única lectura de los hechos,… la suya.

Lo que observamos no es nuevo, pero sí cada vez más descarado. Desde el Palacio Nacional se dicta una verdad oficial que sus beneficiarios y devotos se encargan de repetir con disciplina casi corporativa. Y cuando surge una expresión ciudadana que no encaja en ese escenario —una marcha, una crítica, un cuestionamiento incómodo— se activa de inmediato el mecanismo de descalificación, acompañado por la ya conocida coreografía de distractores, ataques y cortinas de humo.

Paradójicamente, quienes hoy detentan el poder actúan como si la protesta fuera un derecho exclusivo del régimen y de ellos pero, en otros tiempos…. Hoy ya no es válida para el régimen!

Se apropian del espacio público, del discurso y hasta de la historia, al grado de construir una hegemonía que recuerda más a los viejos aparatos del priismo que juraron dejar atrás.

No es casual: en ese árbol del populismo que tanto han cultivado, los frutos se parecen cada vez más a los de sus antecesores.

Mientras tanto, asuntos de gravedad nacional —la tragedia en Veracruz, el avance del crimen organizado, las inconsistencias en las cifras de seguridad, la crisis del sistema de salud o los escándalos fiscales como el huachicol, que en otros países provocarían renuncias inmediatas— quedan sepultados bajo un mar de ruido mediático. El golpe de efecto importa más que la rendición de cuentas.

El asesinato del alcalde Carlos Manzo es un ejemplo doloroso: abundan las declaraciones huecas y faltan respuestas. Pero en lugar de ocuparse de lo urgente, el oficialismo opta por gastar energías en minimizar la marcha, en perseguir jóvenes speckers, en rascar en la redes sociales para señalar presuntas redes de complicidad antagónica; se ocupó en blindar con muros y barreras el Palacio Nacional —a pesar de su tan presumida popularidad astronómica de la habitante del mismo – y en fabricar narrativas que buscan ridiculizar, no comprender, el creciente descontento social.

Lo significativo no es cuántos asistieron, sino por qué un gobierno que presume respaldo abrumador responde con tal ferocidad defensiva?.

¿De dónde proviene ese miedo? ¿Qué dicen las cifras internas que no coincide con el discurso triunfalista que se repite cada mañana?
En el fondo, asoma una incomodidad evidente: están surgiendo voces que no pertenecen a la partidocracia tradicional, voces cívicas, independientes, que empiezan a recuperar espacio en la conversación pública. Y a los gobiernos que le temen a la libertad de expresión, esas voces siempre les generan urticaria. Porque el disenso, cuando es genuino, no se domestica. Y cuando un poder intenta acallarlo, revela más de sí mismo que de quienes marchan.

Se están viviendo tiempos turbulentos y creo que esto va creciendo cada vez más … reflexionemos y accionemos para el beneficio de quienes creemos en la Democracia y aspiramos a un mejor país.

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