ESTADISTAS, UNA ESPECIE EN EXTINCIÓN

Por Irradia Noticias

Cuando hablamos de estadistas, vienen a nuestra mente Churchill, Mandela, Margaret Thatcher o Angela Merkel, así como Washington, Lincoln o Roosevelt y, en el caso de México, Benito Juárez, Lázaro Cárdenas del Río o don Jesús Reyes Heroles. Más allá de sus diferencias ideológicas, históricas y personales, hay una característica que permite colocarlos en una misma conversación: una sobresaliente visión de Estado, acompañada de la capacidad para tomar decisiones pensando en el futuro y no únicamente en la coyuntura.

Un estadista no es necesariamente quien gobierna con mayor popularidad, obtiene más votos o consigue mayores niveles de aprobación. Tampoco es quien pretende imponer su voluntad por encima de la sociedad. Es quien entiende que gobernar implica asumir responsabilidades que, en ocasiones, obligan a tomar decisiones difíciles, incluso cuando son impopulares, porque las necesidades de una nación no siempre coinciden con sus preferencias inmediatas. Ahí radica una diferencia fundamental entre gobernar para el presente y gobernar para las siguientes generaciones. La política democrática exige escuchar a la sociedad y responder a sus demandas, pero también advertir aquello que todavía no forma parte de sus preocupaciones. Un gobierno puede atender lo urgente y, al mismo tiempo, comprometer lo importante. El estadista debe distinguir entre ambas dimensiones.

Rescatar esa visión de Estado no significa defender el estatismo. No se trata de convertir al Estado en el centro de la vida económica, social y cultural, ni de justificar una intervención permanente en ámbitos que corresponden a los ciudadanos, al sector privado o a la sociedad civil organizada. Se trata de comprender al Estado como una institución que debe trascender a los gobiernos y a las personas que temporalmente lo conducen. La visión de Estado supone conocimiento, experiencia, sentido histórico y la conciencia de que las decisiones públicas pueden tener consecuencias mucho después de que quienes las tomaron hayan dejado el poder.

Por eso, la formación y la experiencia de quienes gobiernan importan. La improvisación puede resultar atractiva en una campaña, pero difícilmente constituye una virtud cuando se administra la complejidad de una sociedad. Gobernar requiere conocer las instituciones, entender sus límites, anticipar escenarios y rodearse de capacidades para tomar decisiones informadas. El problema no se limita a los jefes de Estado. Es igualmente relevante para gobernadores, presidentes municipales, legisladores y cualquier persona que tenga bajo su responsabilidad una parte del destino colectivo. En cada ámbito, la diferencia entre administrar una coyuntura y construir futuro determina la calidad de las instituciones y de la vida pública.

Vivimos, además, en una época que parece premiar exactamente lo contrario. La presión de la opinión pública, la política de la inmediatez y la búsqueda de resultados visibles favorecen decisiones diseñadas para producir efectos rápidos. Pensar a largo plazo tiene menos rentabilidad política que resolver aquello que puede convertirse mañana en un mensaje, una tendencia o un indicador favorable.

Los grandes retos de cualquier gobierno y de la sociedad que representa no caben en los ciclos electorales. El agua, la seguridad, la educación, la infraestructura, la innovación y la productividad requieren decisiones cuyos resultados pueden tardar años o décadas en materializarse. Gobernar pensando exclusivamente en el siguiente proceso electoral significa, en muchos casos, hipotecar el futuro para administrar el presente. Quizá por ello los estadistas sean cada vez más escasos. No porque hayan desaparecido las personas capaces de gobernar, sino porque cada vez existen menos incentivos para ejercer la política con perspectiva histórica. Una democracia necesita políticos capaces de ganar elecciones, pero necesita todavía más gobernantes capaces de pensar qué ocurrirá cuando ya no estén en el poder. La verdadera dimensión de un gobierno no debería medirse solamente por lo que consigue durante su mandato, sino también por el legado que deja para quienes vendrán después.

De ahí la necesidad de cuestionar no solo quién puede gobernar hoy, sino quién tiene la visión, el conocimiento y la responsabilidad para construir el mañana.

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