El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, no obstante, esta fecha no es un día para felicitar, ni para repartir flores, ni para inundar redes sociales con fotografías oficiales. El Día Internacional de la Mujer, impulsado por la Organización de las Naciones Unidas, es una jornada de memoria y de lucha; es el recordatorio de que miles de mujeres siguen viviendo con miedo en un país que no ha sido capaz de garantizarles lo más básico: seguridad y justicia.
En los últimos años, en México se han creado nuevas instituciones “con perspectiva de género”, fiscalías especializadas, institutos, comisiones y unidades de atención, incluso el oficialismo se vanagloria en señalar que existen avances históricos en materia de seguridad hacia las mujeres. Sin embargo, la realidad difiere de ello, pues lo cierto es que las mujeres continúan siendo desaparecidas, asesinadas, enfrentándose a Ministerios Públicos que las cuestionan más a ellas que a los agresores.
Al respecto, debe destacarse que la violencia que enfrentan las mujeres no es aislada, sino que se trata de una violencia sistemática, pues se hace presente en el hogar, la escuela, el trabajo y en las calles. Se expresa mediante el acoso, la violencia económica, la impunidad ante una agresión sexual y, en su forma más extrema, en el feminicidio y la desaparición. Y es que cuando una denuncia no se investiga e integra con responsabilidad y profesionalismo la carpeta, cuando una orden de protección no se ejecuta a tiempo, cuando una madre tiene que salir a buscar con sus propias manos a su hija desaparecida, el Estado no solo falla, sino que además se vuelve parte del problema, y la violencia deja de ser social y se transforma en institucional.
Ejemplo reciente es el caso de Kimberly, estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, cuya desaparición generó indignación y temor entre la comunidad universitaria. Cada caso como el suyo expone una verdad dolorosa: las alertas se activan tarde, las búsquedas dependen muchas veces de la presión social y las familias quedan solas frente a un sistema lento y burocrático, y con ello se evidencia la brecha que existe entre el discurso gubernamental y la realidad que enfrentan las mujeres en las calles, en las escuelas y en el transporte público.
Mientras en el poder se privilegia la imagen, resulta contradictorio e incoherente que, en fechas cercanas al 8 de marzo, se prioricen conciertos o celebraciones en el Zócalo de la Ciudad de México; en lugar de fortalecer mecanismos de apoyo a madres buscadoras y a víctimas de violencia, como se dice coloquialmente ¨al pueblo dale pan y circo¨. Estos actos envían un mensaje preocupante, ya que no se coloca la violencia de género como prioridad nacional.
Y es que, aún y cuando la Presidenta del país se jacte en decir que “llegamos todas” la realidad difiere de su discurso, pues no llegaron todas, en el camino se quedaron cinco mil veinte mujeres víctimas de feminicidio durante el dos mil veinticinco, de acuerdo datos del Secretariado Ejecutivo el Sistema Nacional de Seguridad Pública.
Por ello, el 8 de marzo debe ser algo más que discursos y fotografías en redes sociales y medios, pues no basta con iluminar edificios de morado, ni pronunciar mensajes bien redactados; las mujeres no necesitan más oficinas con placas nuevas, necesitan seguridad, justicia y respeto. No están pidiendo privilegios, solo exigen lo mínimo: vivir sin miedo, sin violencia, y mientras el gobierno no haga su trabajo con seriedad y resultados, esta fecha seguirá siendo una jornada de lucha, no de celebración.