EL LÍMITE DEL DISCURSO Y LA URGENCIA DE LA ACCIÓN…

Por Irradia Noticias

Un país que algo tiene y que necesita acciones.

La narrativa oficial frente a la violencia nacional parece haber llegado a su punto de inflexión. Por años, la retórica de culpar al pasado ha servido como válvula de escape para justificar los fracasos presentes. Sin embargo, esa estrategia retórica, que alguna vez resultó eficaz para movilizar simpatías, hoy se enfrenta a su mayor enemigo: la realidad cotidiana de la inseguridad.

El discurso de la Cuarta Transformación, construido sobre la idea de corregir los errores de los gobiernos anteriores, empieza a evidenciar signos de agotamiento. No sólo porque los ciudadanos ya no encuentran consuelo en los señalamientos hacia Calderón, Peña Nieto o García Luna, sino porque el drama actual —hecho de asesinatos, extorsiones y miedo— ocurre bajo la mirada de un nuevo gobierno que ya va para una década en el poder.

Las palabras de la presidenta Sheinbaum en torno a la crisis de Michoacán reflejan el desgaste de un lenguaje que busca más persuadir o enmascarar, que resolver. Las frases de manual y los argumentos circulares ya no alcanzan para tranquilizar a una sociedad que ha perdido la fe en las promesas de paz. Los hechos recientes, como el atentado contra el alcalde de Uruapan, no sólo retratan la magnitud del problema, sino también la incapacidad del Estado para garantizar la seguridad más elemental.

La comunicación política, por naturaleza, se sostiene en la credibilidad y la empatía. Cuando ambos pilares se fracturan, el discurso se vuelve ruido. Hoy, en regiones donde la gente vive bajo las reglas del crimen organizado, la narrativa oficial suena lejana, incluso ofensiva. Hablar de avances mientras se multiplican los muertos y las desapariciones, equivale a negar la experiencia colectiva del miedo.

La descalificación a los críticos o el uso electoral de la tragedia no reponen la confianza perdida. Lo que la sociedad demanda no son explicaciones ni culpables del pasado, sino resultados visibles: justicia, protección y liderazgo moral.

En conclusión, el gobierno enfrenta una disyuntiva inevitable: persistir en el relato de la herencia recibida o asumir, con todas sus consecuencias, la responsabilidad de gobernar el presente. Mientras no haya coherencia entre las palabras y los hechos, la esperanza de paz seguirá siendo un eslogan vacío, y el discurso oficial, una sombra que ya no persuade a nadie.

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