DESPUÉS DE LOS REGALOS, QUEDA LA REALIDAD

Por Irradia Noticias

La Navidad se va casi tan rápido como llega. Se apagan las luces, se guardan los adornos y, en muchos hogares, quedan cajas llenas de objetos que pronto perderán sentido. No es un reproche a la celebración ni al afecto que se expresa en los regalos, sino una constatación incómoda: mientras unos acumulan, otros apenas sobreviven.

Estas fechas suelen recordarnos, de forma cruda, que la desigualdad no es una idea abstracta, sino una experiencia cotidiana. Hay mesas en donde abunda la comida y otros bienes y otras que apenas logran servirse una vez al día. Hay casas llenas de risas y calor, y otras marcadas por el frío, la carencia y la incertidumbre y no siquiera hay casa. La Navidad, paradójicamente, exhibe el mundo tal como es.

Durante años se nos ha repetido que la pobreza es resultado del esfuerzo individual, que basta con “querer” para salir adelante. Esa narrativa ignora que la pobreza no es solo falta de bienes, sino una vida atravesada por la angustia permanente, por la ausencia de oportunidades reales y por la sensación de estar siempre un paso atrás. Pedirle a alguien que nunca pasó hambre que entienda esa realidad es complicado, pero no imposible si existe voluntad y empatía.

La ayuda ocasional, aunque necesaria, no resuelve el problema de fondo. Las despensas esporádicas, las cobijas de temporada o los gestos filantrópicos alivian, pero no transforman. La desigualdad no descansa el resto del año: crece, se enquista y se convierte en violencia, en resentimiento, en miedo colectivo. Nos fragmenta como sociedad y nos hace creer que el otro es enemigo, cuando en realidad es reflejo de un sistema que falla.

Negarse a reducir la pobreza o a garantizar condiciones mínimas de bienestar resulta difícil de justificar. Un país donde más personas pueden acceder a alimentos, vivienda y movilidad social no debería provocar enojo, sino esperanza. La dignidad no es un privilegio, es un derecho, y reconocerlo implica derribar mitos profundamente arraigados sobre el trabajo, la riqueza y el mérito.

Vivimos una crisis que va más allá de cifras y estadísticas: es una crisis del valor de la vida y de la capacidad de conmovernos por el dolor ajeno. No habrá solución duradera si seguimos mirándonos desde la desconfianza y el desprecio, si aceptamos como normal que unos lo tengan todo y otros casi nada solo por haber nacido en lugares distintos.

Conclusión

Tal vez el verdadero sentido de estas fechas no esté en lo que acumulamos, sino en lo que somos capaces de cuestionar.

Cuando la celebración termina y vuelve la rutina, queda una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué estamos dispuestos a cambiar en nuestra forma de pensar, de mirar y de actuar para que la solidaridad no sea solo un gesto de diciembre, sino una convicción de todo el año?

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