ACOSTUMBRADOS A LO SINIESTRO

Por Irradia Noticias

Es lamentable, dolorosamente lamentable, que nos hayamos acostumbrado a lo siniestro.

Que hayamos hecho de la violencia, del horror, una constante que ya no nos sorprende. Vivimos en un país donde las tragedias se acumulan, pero nuestra capacidad de asombro se ha agotado. Nos hemos hecho inmunes al sufrimiento ajeno, como si se tratara de una noticia más en la constante lluvia de cifras, imágenes y relatos desgarradores que se nos presentan, casi con indiferencia, como parte del paisaje cotidiano.

¿Qué nos está pasando? ¿En qué momento dejamos de ver el rostro humano de las víctimas y comenzamos a tolerar la barbarie, a aceptarla como una realidad ineludible? La historia reciente de Irma Hernández, una mujer que vivía de su trabajo honesto como profesora y taxista, nos golpea en la cara con una crudeza que no podemos ignorar.

Secuestrada, violentada y finalmente asesinada en condiciones inhumanas. Un asesinato que debería habernos dejado en shock, pero en lugar de eso, el eco que resuena es el de una autoridad más preocupada por maquillar la realidad que por afrontarla.

El cinismo de los discursos oficiales es insoportable. Las declaraciones de la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, sobre la muerte de Irma Hernández, lejos de ofrecer una disculpa o de asumir la responsabilidad de la creciente violencia en el país, parecen reducir la tragedia a un mero accidente. «Le dio un infarto» –como si el crimen organizado fuera una simple anécdota dentro de un contexto de «sucesos desafortunados». Mientras tanto, en el gobierno, los triunfalistas siguen cantando victorias por una ley más, por una promesa más, por un programa más, sin abordar lo que verdaderamente está en juego: el tejido social y la seguridad básica de los ciudadanos.

Mientras la violencia sigue desbordándose, los esfuerzos por detenerla parecen ser simples cortinas de humo, disfrazadas de discursos vacíos y promesas incumplibles. ¿Cuántas más Irmas Hernández deben caer para que, por fin, alguien se atreva a mirar de frente la realidad? Mientras tanto, la oposición parece perdida, desconectada, como si el país se hubiera detenido en un eterno ciclo de indiferencia.

Y ahí radica la tragedia de nuestro tiempo: hemos aprendido a convivir con lo insoportable. Hemos dejado que el horror se transforme en parte de la rutina diaria. Pero el problema no es solo la violencia, ni la impunidad, ni los discursos huecos. El verdadero problema es que hemos dejado de mirar con compasión, que nos hemos vuelto indiferentes ante el dolor ajeno. Si algo nos queda claro es que, mientras este sistema siga mirando hacia otro lado, seguirán cayendo más víctimas y seguirán creciendo los ecos de una violencia que, hoy por hoy, no tiene fin.

Conclusión: Nos hemos acostumbrado a lo siniestro, pero debemos romper esa indiferencia. Nos debemos a nosotros mismos y a las futuras generaciones la capacidad de reaccionar, de exigir justicia, de no permitir que el horror siga siendo parte de nuestra vida diaria. Ya no podemos mirar hacia otro lado.

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