En las recientes declaraciones de Hugo Éric Flores Cervantes, dirigente nacional del Partido “Construyendo Sociedades de Paz”, PAZ, durante su gira por el estado de Morelos, resuena una sobredosis de amnesia selectiva. Con tono indignado, Flores advierte sobre los peligros de «hipotecar el futuro de los morelenses», condena la infiltración del crimen organizado en los gobiernos locales y califica cínicamente el ascenso político de Cuauhtémoc Blanco Bravo como un “accidente de la democracia”.
Lo que Flores olvida convenientemente en su discurso es que él mismo fue el arquitecto, patrocinador y principal operador político de ese «accidente».
El cinismo político de quien se erige como fiscal de la moral pública alcanza niveles insólitos. Fue precisamente Hugo Éric Flores quien, en su momento, impulsó y arropó contra viento y marea la candidatura de Cuauhtémoc Blanco Bravo a la gubernatura de Morelos bajo las siglas del Partido Encuentro Social, PES. En aquel entonces, el pragmatismo electoral pesó más que la capacidad de gestión o el perfil idóneo para administrar un estado azotado por la violencia.
Sin embargo, la complicidad institucional no terminó el día de la elección. Años más tarde, ya en su papel de presidente de la Sección Instructora de la Cámara de Diputados federal, el propio Flores Cervantes encabezó y emitió un dictamen que protegió al exgobernador de enfrentar la justicia cuando pesaban sobre él graves acusaciones, incluida la denuncia por violación en grado de tentativa interpuesta por su propia hermana. Hoy, desde la tribuna partidista, Flores se rasga las vestiduras y exige castigo a la impunidad, omitiendo olímpicamente que él mismo operó como el paraguas protector que evitó la rendición de cuentas de su ex protegido.
También destaca la figura del actual presidente del PAZ en Morelos, Gerardo Becerra Chávez Ita, quien se integró al gabinete de Blanco Bravo tras haber encabezado marchas y protestas ciudadanas contra la administración de Graco Ramírez Garrido Abreu.
Presentado ante la opinión pública como un paladín de la honestidad y un férreo «zar anticorrupción», Becerra protagonizó una de las paradojas más sonadas de la vida pública local al verse envuelto en escándalos de presunta corrupción vinculados a la adquisición irregular de terrenos en la zona de Tequesquitengo. El paso de la trinchera activista a la estructura del poder dejó al descubierto la fragilidad de los discursos moralinos cuando el poder y los intereses patrimoniales entran en juego.