LA VIOLENCIA AVANZA SIN PEDIR PERMISO

Por Irradia Noticias

La violencia avanza sin pedir permiso. Se infiltra en la vida cotidiana, se normaliza y termina por erosionarnos como comunidad y como individuos.

Nos está rebasando. Y aunque muchos aún se preguntan qué es la violencia, su definición es tan simple como inquietante: es el uso de la fuerza —física o emocional— para someter, imponer o dominar. Es la ley del más fuerte sobre el más vulnerable. Y lo más peligroso es lo fácil que resulta caer en ella: basta el enojo acumulado, la frustración constante o la falta de contención para que estalle.

La violencia no surge de la nada ni se limita a un solo espacio; se reproduce, se hereda y se multiplica.

En el hogar, por ejemplo, se manifiesta de forma silenciosa y persistente. No hablamos de límites ni de correcciones razonables —tan debatidas hoy—, sino del abuso sin justificación: golpes, gritos, humillaciones y desprecio ejercidos contra la pareja, los niños, los adultos mayores o las personas con discapacidad.

Peor aún, la violencia también se aprende al presenciarla. Ver peleas, insultos y agresiones constantes deja huellas profundas y convierte lo inadmisible en algo cotidiano.

Esa violencia doméstica suele trasladarse a las aulas. El acoso escolar, conocido como bullying, no es un fenómeno aislado, sino muchas veces el reflejo de lo que se vive en casa. Niñas, niños y adolescentes replican patrones de agresión aprendidos, descargando su dolor y enojo en compañeros más vulnerables.

Los recientes casos de brutalidad en escuelas evidencian una alarmante falta de control, vigilancia y, sobre todo, de formación en empatía.

La calle tampoco escapa. La violencia urbana se expresa en estallidos breves pero intensos: discusiones de tránsito, peleas por un lugar de estacionamiento o agresiones espontáneas en espacios públicos. En cuestión de segundos, personas comunes pierden el control y arremeten contra quien sea, sin medir consecuencias, sin importar edad o género. La ira se impone a la razón.

Existe, además, una violencia aún más oscura: la violencia de odio. El feminicidio es su rostro más atroz, resultado de una cultura machista y misógina arraigada desde la infancia.

Matar a una mujer por el simple hecho de serlo es la expresión extrema de un odio aprendido. A ello se suman los crímenes motivados por raza, género o identidad, muchas veces alimentados por discursos tóxicos y “tendencias” en redes sociales que deshumanizan al otro, llevando incluso a masacres sin sentido.

Especialistas coinciden en algo fundamental: quien crece sin afecto, rodeado de violencia normalizada, tiene altas probabilidades de convertirse en un adulto incapaz de regular sus emociones y de sentir empatía. Así se perpetúa una cadena que parece interminable.

¿Qué nos corresponde hacer como sociedad? Tal vez la respuesta esté en algo tan básico como poderoso: el respeto. Respetar implica reconocer al otro sin intentar someterlo ni transformarlo a la fuerza.

Quien respeta no justifica la violencia ni la tolera. Enseñar respeto es enseñar autocontrol, aceptación y responsabilidad. También es exigir que la ley se aplique y que las autoridades cumplan su función.

Primera reflexión: si seguimos normalizando la violencia en lo cotidiano, estamos educando generaciones que no sabrán convivir sin agredir.

Segunda reflexión: el cambio no comienza en discursos ni en leyes solamente, sino en la actitud personal de cada uno; la humanidad está irritada, sí, pero aún estamos a tiempo de elegir el respeto sobre la furia.

¿Qué pasa en Morelos? ¿Qué pasa en nuestros hogares? El silencio también mata….

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