En ningún país sensato se ganan elecciones presidenciales prometiendo clemencia a los criminales. Excepto en México, en 2018. Y no fue un accidente. Fue una jugada maestra de manipulación política por parte de Andrés Manuel López Obrador, que convirtió el hartazgo social por la violencia en una justificación para rendirse ante ella. Mientras el país sangraba, él vendía “abrazos” como estrategia de Estado. Y la nación, harta de la muerte, eligió creerle.
Lo más perverso del discurso lopezobradorista no fue su ingenuidad, sino su capacidad de tergiversar la narrativa. No acusó a Calderón de fallar, sino de actuar. Como si el error hubiera sido enfrentar al crimen organizado y no las omisiones institucionales, la corrupción sistémica o la falta de estrategia a largo plazo. López Obrador convirtió la inacción en virtud y la cobardía en política pública. Hoy pagamos el precio de esa fantasía.
El crimen no necesita invitación, solo oportunidad. Y durante este sexenio se le abrieron las puertas del poder, del territorio, del miedo. Nos acostumbramos a vivir entre historias de horror, como la de Fernandito un Niño de 5 así que le fue arrebatado a su madre por una deuda de cinco mil pesos y lo asesinaron. El tejido social no sólo se rompió: se pudrió. Y esa normalización del horror es quizá el mayor crimen de este gobierno.
La presidenta, heredera del proyecto lopezobradorista, sabe que esa política está muerta. Su giro de 180 grados no es ideológico, es de supervivencia. Pero está atrapada en una contradicción brutal: para avanzar debe desandar lo andado, sin tocar al santo de Macuspana. No puede denunciar el desastre sin señalar al autor. Así que lo maquilla, lo elude, lo digiere a escondidas.
Las extradiciones recientes de capos a Estados Unidos son muestra de ese nuevo pragmatismo. Cuestionables legalmente, sí. Pero efectivas como señal política. Ya no es México quien marca la pauta, es Washington. La soberanía quedó en segundo plano. La prioridad es evitar que el narco se convierta en una amenaza transfronteriza y que el presidente Trump vea en México un enemigo más que un vecino.
Pero no se puede limpiar la casa sin enfrentar a quienes la ensuciaron desde dentro.
Muchas señales e indicios, -algunos que vienen del extranjero, otros inocultables en este país- nos llevan a considerar que ahí donde se exigen pruebas de lo que puede ser tan evidente si la autoridad no volteara la mirada para disimular lo que la sociedad si está viendo y viviendo, nos advierten que la complicidad política con el crimen organizado no se disolvió con el fin del sexenio de AMLO. Morena no es un partido en su generalidad, sino que se ha convertido en islas amalgamadas por ciertos intereses políticos y económicos, que se elevan sobre su propia base social a la que utilizan para conservar su estatus, no obstante, encontrarse construida de conveniencias profundamente corrompidas, nutridos por años de pactos en la sombra.
Los abrazos no fueron una metáfora de paz, sino un acuerdo tácito con los poderes fácticos. Gobernar con ellos fue más rentable que combatirlos.
Tabasco es el espejo. Bastión político del presidente, con crecimiento económico durante su sexenio y sin una intervención federal drástica en seguridad.
¿Resultado? El homicidio doloso se disparó. No hubo ni estrategia ni justicia. Sólo pactos, probablemente. Una simulación más en un sexenio lleno de ellas.
Colombia nos advierte lo que puede venir: extradiciones que provocan reacciones violentas. Pero el verdadero peligro no está en las calles, sino en los escritorios.
En los políticos que hoy se visten de institucionales, pero cuyas campañas, lealtades y silencios están manchados por el dinero del narco. La presidenta, si decide ir a fondo, inevitablemente los enfrentará. ¿Está dispuesta? ¿Puede?
La ruta de los abrazos fue un acto de cobardía disfrazado de humanismo. Su fracaso no es sólo de resultados, sino de ética. Y el legado de AMLO en materia de seguridad no puede evaluarse con números, sino con cadáveres, territorios perdidos y pactos oscuros.
La conclusión es brutal pero inevitable: gobernar con los criminales puede ser una estrategia para llegar al poder, pero no para conservarlo. La presidenta tiene una elección urgente que hacer: limpiar la casa o convivir con la peste.
No hay abrazos que valgan cuando la sangre llega al cuello.